Sinaloa-sur-Seine

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Más ilegal que la hostia

Ese martes 18 de junio me había bebido unas cuantas cañas con Dom en un bar de la Alameda, que gusto daban los precios sevillanos. Yo me decía que ya conocía a Dom, nos habíamos conocido en un Salón del Libro Anarquista en la Parole Errante. Quedamos en ir por la tarde del 19 a Santa Justa a recoger a Irij, a quien él no conocía y que se quedaría en su casa, formabamos parte del mismo grupo de amigos.

La Sevilla que quiero tanto me había recibido con los brazos abiertos, había bajado de París haciendo dedo, ¡qué suerte tienes niño!. La okupa de los CNTistas era una nave que estaba cerca de la Plaza del Pumarejo, en el barrio de la Macarena. Varios días antes de la Huelga General llegan los primeros manifestantes extranjeros, camaradas de otras partes de Europa, habían respondido al llamado de Anarquistas contra el Capital, no todos hablaban español y pocos sevillanos dominaban una lengua extranjera.
El 19 por la mañana hacía un calorón de muerte, como en mi tierra. Ese calor se hacía aún más difícil de soportar en la habitación donde dormía pues el perro del tulusenc con el que la compartía, olía fatal. Cada mañana el animal venía a lamerte la nariz diciéndote que eran ya era tarde y tenía hambre. Más de una vez me dieron ganas de echar por la ventana al canino camarada.

Bajé a la nave a ver que había que hacer, para ayudar a los colegas sevillanos meter un poco de orden y organizarnos para la Huelga y la Cumbre Europea. Fue entonces que hicieron su aparición dos griegos que hablaban francés. Los visitantes formábamos un grupillo, entre ellos estaba un chileno que vivía en el País Vasco francés y un punk madrileño que vivía en Sevilla. Con él me fui a Casas Viejas, acompañamos a los recién llegados, que se quedarían ahí.

Medio día. Pequeña platica con los guiris y con los de la okupa de Casas Viejas, porrito y una cruzcampo. Salimos a la calle que lleva a la plaza.
—Vámonos que todavía hay cosas que hacer, colega. ¡Joder, cuánta pasma!

Y era verdad, la calle estaba llena de policías vestidos de paisano: barriga mal fajada, calvicie más o menos notoria y gafas oscuras. Nos pidieron el pasaporte. Él dice que es español mostrando su DNI, yo les digo que el mío está en manos de autoridades francesas y les muestro un documento, papelajo que me permite estar en Francia legalmente lo que dura mi espera a la solicitud de refugio. Un mostachón los toma y con desdén me dice:
—¡Pero si estás más ilegal que la hostia!

Hice una cara de déjame en paz, poeta. Y me pusieron las esposas. Me llevaron a la jefatura superior de la policía nacional en Sevilla, en la calle de Blas Infante— ¡Qué fuerte! ¡Buena forma de burlarse de los nacionalistas andaluces: poniendo la jefatura de la nacional, que depende del gobierno central en una calle que lleva el nombre del "padre del andalucismo"!—, los tres agentes que me acompañaban eran fuereños, por el acento pude adivinar que uno era gallego y los otros dos madrileños o castellanos. Me acompañaron porque ésa era una buena forma de librarse del puto calor sevillano, según sus propias palabras.

Yo me tomé todo eso con calma a pesar de que mi arresto me hinchaba las talegas. Trataba de tomarlo por el lado bueno, que no había. Tuve una primera discusión con ellos cuando empezaron a redactar el auto de arresto, uno decía:
—Fulano, súbdito mexicano... nacido en...
—¡epa, epa, epa! Ciu-da-da-no, si me hace Usted el favor! Que nos hemos deshecho de vuestro rey en 1810, si Usted no lo sabía...
—Bah, poco importa, ésa es la formula que se suele utilizar, cierra el pico, ya hablarás cuando estés acompañado de un letrado.
—La costumbre... la costumbre...

Me llevaron a tomarme las digitales y la foto del recuerdo antes de meterme a un primer calabozo donde estaban los recién llegados. No me asombró nada ver que de los otros cinco que ahí estaban tres eran gitanos y uno moro. Había que gritar para todo: si tenías ganas de mear o cagar, si tenías hambre y ellos lo olvidaban, etcétera. Con decir que uno de los gitanos era epiléptico y le vino una crisis, el moro, el quinto y yo fumabamos Ducados y veímos como los gitanos trataban de ayudar a su colega y gritaban a todo pulmón "¡Un mé-di-co... que el Chiqui se mue-de... que se mue-de! Cuando trajeron al médico el Chiqui estaba ya fumando Ducados con nosotros.

Más tarde me llevaron a un separo, al fondo de un pasillo donde habían otras celdas con más detenidos. Pedí un abogado, me respondieron que lo vería mañana, así pasé tres días. Me perdí la Huelga General y las manifestaciones contra Aznar y contra la Cumbre Europea. Así pasé tres días, comiendo sandwiches de charcutería de pavo y pan a medias crudo. Sabía que me iban a expulsar de España, que si tenía suerte me mandarían a París, que si no me enviarían a Chilangolandia.

La especialidad de los policías españoles es chingar quedito, el día de la Huelga General me dieron de comer una sola vez, el viernes me puse a mear el pasillo a través de las rejas tras haberme pasado dos horas pidiendo que me dejaran ir a los servicios. El sábado quisieron joderme otra vez: a las 7 de la mañana vinieron por mí, pero yo ya estaba despierto. La letrada, así le llamaban, llegó a las 8:30. Su presencia era pura formalidad, no necesitaba ninguna ayuda para entender la decisión de enviarme a territorio francés.

Un policía cincuentón con cargo de comandante o similar se encargaría de llevarme al aeropuerto. Esa mañana, Sevilla era la ciudad más bonita del mundo. Radio Nacional de España gritaba que el partido España-Corea iba a comenzar. Yo iba en el asiento trasero con las manos prisioneras de las esposas, le pregunté si podía quitarme las esposas que yo no me iba a escapar
—Claro que no te vas a escapar; pero una bala es muy cara, cuesta mucho más que unas esposas.
Respondí con un movimiento de cejas, mirándolo a los ojos.
—Admiro su humor.

Llegamos a la zona VIP del aeropuerto. Luego me llevó a una sala donde había por lo menos 7 guardias civiles y otros tantos agentes de la Policía Nacional. Me quitaron las esposas, nos pusimos a ver el partido España-Corea y a fumar Ducados— siempre he dicho que no hay gran diferencia entre policías y ladrones—. Me invitaron una Coca-Cola. Sufrían, el partido era decisivo, sudaban a enormes gotas, cabrones. El reloj estaba justo al lado de la tele, era imposible que perdiera el vuelo.

El avión despegaba justo al medio tiempo. Hubiera pensado que los guardianes del orden lo habían programado conociendo el horario del partido. Me acompañaron hasta la escalerilla al pie del avión dos policías de mi camada— los dos pasaban de 1.80m—, yo lucía un look y un olor — tres días en el calabozo sin ducharme— que daban miedo a los demás pasajeros, sin contar que los tres esperábamos que todos los pasajeros subieran para que yo quitara suelo español montado en ese avioncito de 50 plazas.

Estando arriba me dediqué a comer y beber todo lo que me ponían enfrente. Luego me empecé a poner nervioso, hasta ese momento no me había pensado en la posibilidad de toparme con una comisión de bienvenida, se supone que no podía abandonar Francia por ningún motivo.

Dos horas de cielos claros separan Sevilla de Orly. Las puertas se abrieron, ahí estaban ahí el Tatik y su chérie, me abrazaron y no hicieron preguntas. Corea eliminaba a España, el país se paraliza por segunda vez en una semana.

A Sevilla

Sus comentarios

El 3.06.05 a 19:57 (CEST), comentario de Queen of Hearts :: email :: web :: #

Sevilla... he escuchado tantos relatos de la hermosura del lugar, que sueño con ir en un futuro no muy lejano. Saludos.

El 3.06.05 a 22:27 (CEST), comentario de selene :: email :: web :: #

hola!! disculpa que utilice este medio para mandarte saludos, pero estos ultimos meses he andado con la cabeza en el estómago y el corazón en los riñones, jajaja... espero estés bien, y gracias por tus visitas. mándame un email cuando tengas tiempo (los emails trato de contestarlos pronto!)

El 4.06.05 a 21:21 (CEST), comentario de Felipe Bachomo :: #

Gracias, Selene. How ya doin'? ¿Quiubo, ple'illa? Te respondo pronto, ¿vale?

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